martes, 7 de enero de 2014

Loza

Había amanecido ya en la Montaña alavesa. Acaso nuestra estrella brillara un día más, nos acompañara en nuestra exigua existencia procurándola, dándola nuevos motivos para los acometimientos diarios a modo de lances; letales y despiadados unos, felices y vivificantes los demás. Salimos del pueblecito de Loza, una aldea situada a escasa distancia de los pueblos de Peñacerrada, de Payueta, de Pipaón. Son pueblos rústicos, con casas de labranza repartidas por el caserío entre las que no faltan casonas hidalgas, con su blasón sobre el dintel que cerca los portentosos portones remachados con decorosos clavijones y tras cuyos anchos portones se adivina un zaguán recubierto de guijos o de anchas losas quizá. El hidalgo quizá ya no esté morando en la casa. O tal vez si. Elevamos la vista y tras una ventana que permanece muda y silenciosa, un rostro ya lívido y un poco pálido, de ojos entristecidos,  vestido de negro, traje con  capa o herreruelo, guarnecido de dorados encajes asoma también con la vista en los siglos que ya pasaron. Al pronto abre y nos dice,
Cuántos secretos acallados por el paso del tiempo

—¡Quién vive!...¡Marchaos o llamo al criado para que eche a los perros... !

Pero no, eso es imposible. A mi mente acuden figuras inusitadas, planteamientos imaginarios que escenifican cuadros alentados por una imaginación veleidosa. Acuciada por resucitar otra época, conspira, juega al despiste, troca sus fantasías en realidades que roba a la razón para convertirlas en sucedáneos extemporáneos de la realidad. Lo que es seguro es que los descendientes de este hidalgo imaginario, mayorazgo a buen seguro, vivan en una portentosa casa en la capital madrileña, como lo es en más de un caso. Sin ir más lejos, en el pueblo de Peñacerrada aún se mantiene la casa que llaman de "los Sarmiento" y que perteneció después a los duques de Híjar, linaje que aún perdura.Sobre el caserío dominan las torres de las iglesias. En el caso de Loza, la iglesia se sitúa en un promontorio o cerro y recibe el nombre de San Esteban. Guarda un retablo barroco en su interior que yo no pude apreciar y que según leo en el título de Micaela Portilla "Casas y torres fuertes de Álava" fue construido en el siglo XVIII. El entorno, como dijo Pío Baroja cuando visitó estos parajes, es "duro y frío" y la vegetación consta de hayedos en las laderas anejas a la sierra de Cantabria y  de robledales de rebollo en las zonas más bajas. Los pinares son también frecuentísimos y notabilísimos. Al poco de recorrer el término que llaman de "Las roturas" el paisaje me sobrecogió. Densas formaciones de pinos salpicados de hayas conjugaban maravillosamente. Los ramillos de los hayas, sin hojas, eran empujados por el viento, mostrando un bellísimo color púrpura. Los pinos autóctonos  Pino silvestre (P.sylvestris),  se convertían al otro costado del sendero en un exótico pinar de Abeto de Douglas (Pseudotsuga menziessi). Recreaban pues ambientes diferentes de regiones distantes. A lo que es difícil abstraerse es al olor de la resina que el viento esparce por estos bosques y al rumor producido por el deslizamiento del aire por entre las acículas de estas  pináceas. Comenzamos a descender después hacia el barranco que llaman de la "Mina" por haber sido excavadas allí galerías en la roca para la obtención de mineral destinado a la producción de asfaltos y a no sé qué otros destinos o aplicaciones. Una vez allí recibimos al hayedo con agradecimiento y él con un saludo umbroso, imperfecto, dado que en su desnudez  permitía, aunque tímidamente, que el Sol acariciara la hojarasca que lo cubría. En el paraje del "Jabalí" surcado por la senda por la que caminábamos, los bojes se agolpaban en los estratos inferiores del bosque creando un cortejo reverencial, adornando los pies de los hayas, creando una línea defensiva que a su vez, serviría a numerosos animales para encontrar el abrigo y el cobijo necesarios. El río Inglares puso su nota aunque leve y casi inaudible; el agua que la sierra de Cantabria le hubo regalado le habían dado los arrestos suficientes para afrontar su viajata y bajaba por el barranco resucitante tras el estiaje.
El paisaje habla, suscita, inspira, evoca, entronca con nuestros afanes más recónditos...
Salimos a un praderío tras abandonar el hayedo y al pronto dimos con las construcciones ruinosas de la antigua mina, silenciosas, mudas, por cuyas resquebrajaduras crujían aún los ejes de las vagonetas cargadas con el mineral arrancado con las manos, quién sabe, si de los propios mineros. ¡Qué vidas tan atravesadas por el puñal de la necesidad acuciante, por la urgencia apremiante del vivir!

La vegetación cubre pudorosa la ruina del pasado


Fustes estilizados de Abetos de Douglas
En la fuente abrevadero de Loza

Hojas aciculares,cortas y agrupadas en parejas, de Pino silvestre.


domingo, 22 de diciembre de 2013

El huerto del Carmen

Entretejí algunas conversaciones amenas con el sacristán de la iglesia de los carmelitas. Hablamos de la historia de este convento y de sus vicisitudes en tan corta vida si la comparamos con otros conventos vitorianos. Él me contó muchas historias, algunas terribles y truculentas como que fue cárcel militar durante la guerra civil. Su huerto con sus jardines dejó de ser el 'locus amoenus’, el jardín meditacional, el jardín propenso al rezo místico para convertirse en un patibulario triste y trágico. He aquí que me invitó a entrar  pero no sin antes visitar el interior de su iglesia. Entonces me acordé de Galdós, el escritor canario de ascendencia vasca, tal es su apellido, que cuando visitaba Toledo y recorría sus iglesias, catedrales y callejas narraba todo lo que veía con su espíritu inigualable, transido del alma de entonces, para asomarse después, ya agotado de tanto convento, a los cigarrales entorno al Tajo.(1) Las imprecaciones de los obispos y sus diatribas, el lujo ostentoso de la imaginería española y la magnificencia de los ritos religiosos que allí se profesaban eran desconocidos en el resto de Europa. Galdós hace aquí una crítica a la Iglesia. Deshecha las imágenes que rayan la superchería y denuncia lo supersticioso que se va adueñando de los prácticas religiosas en las iglesias como una forma de manipular a los fieles por el miedo al castigo y como resultado también de unos ritos religiosos depauperados.
Pero perdonad, lo olvidaba,dejo mis literaturas aparte y continúo con este relato breve y nada reseñable. 
Salimos, como contaba, a este patio interior muy recogido y muy iluminado por el sol vernal. Al otro lado del tapial que lo rodeaba, pude ver las vías sobre las que se tienden los ferrocarriles viajantes y encima de este tinglado de raíles, cables y catenarias, la torre neogótica del convento de las Salesas punzaba las nubes con su vértice afilado. Y en un rincón vi a esta palmera del Chusán o palmito elevado. Son palmeras rústicas, provienen como su nombre indica del Chusán, cerca de China y toleran a las mil maravillas el frío helante vitoriano, así como el calor achicharrante que tanto nos visita en los meses estivales.
Protegida de los vientos y orientada al sur, esta palmera del Chusán goza de buena salud
Existe además una virgen, la del Carmen creo,sobre un pedestal, todo ello rodeado de árboles frutales. Es notorio cómo estos árboles se doblegan a la domesticidad, se inclinan solícitos a la mano que los cuida pero que nunca se desprenden enteramente de su naturaleza primigenia y original. Y es por esta razón que tras unos años de abandono o descuido propenden a sus siluetas ancestrales. Esta almunia, tal y como denominaban los árabes a los huertos por los que discurrían los caces y las acequias redistribuyendo el agua tan necesaria, es un lugar hermosísimo, propenso al deleite, al regocijo espiritual. 
Sobre un pedestal y oculto entre unos arbolitos se halla este Sagrado Corazón


























Es pues, un arrabal sin llegar a serlo, es como una playa a orillas de la ciudad a la que solo llegan los ecos de los más profundos recuerdos que albergamos.
Los cultivos hortícolas alternan con algunas plantaciones de frutales
(1) En su libro titulado "Ángel Guerra" Benito Pérez Galdós plantea nuevas posibilidades espirituales y plantea una nueva concepción de la religión y su papel social en España. Son interesantísimas sus descripciones de la ciudad de Toledo. 

viernes, 6 de diciembre de 2013

El cotoneaster de Parney

Este ejemplar vive en los jardines particulares de la calle de Castilla,38


El cotoneaster es otro arbolillo que procede de otros lugares muy distintos al nuestro. Aunque existen algunas especies endémicas en la península ibérica pertenecientes a la misma familia como la griñolera o el durillo, propios de las cordilleras béticas del sur de España, esta especie que cito no proviene de nuestro país. El cotoneaster de Parney es especie muy ornamental, profusamente plantada y diseminada por doquier por las numerosas aves que se alimentan de sus frutos en el invierno y que con sus deyecciones prolongan sus dominios, haciéndola casi una planta ubicua, muy abundante en algunas localizaciones, casi siempre en lugares frescos, ricos en humus, aunque no desdeña emplazamientos luminosos. De ello se infiere que sea una planta naturalizada en nuestro país, al igual que otras muchas escapadas de los cultivos. No resulta tampoco su carácter particularmente invasivo ni en apariencia perjudicial para otras especies nativas. Al contrario, como aclaré un poco más arriba, constituyen una despensa para mirlos, zorzales y otras aves durante la invernada.Es un arbusto siempreverde, con las hojas elípticas, aunque más bien aovadas, de margen liso y ligeramente revuelto, con los nervios de los hojas ligeramente hendidas y sobresalientes en su cara posterior. Son de un color verde intenso aunque por el envés son blanquecinas debido al tomento o fieltro que las recubre. Las yemas son apuntadas, desarrollándose a medida que avanza el otoño y el invierno para en la primavera comenzar a despuntar con los soles primeros.Las ramas se desarrollan profusamente, describiendo las superiores juegos parabólicos o líneas curvas que le dan un aspecto típico, algo deslabazado, aunque graciosamente ornamental. Las ramas son intrincadas, se quiebran, nunca son rectas, al igual que su tronco, ramificado casi desde la base.Los frutos son de un color rojo, a veces muy intenso dependiendo de cada ejemplar, agrupados en racimos, con dos huesecillos en su interior, madurando en el otoño y perdurando durante casi todo el invierno en el árbol.
El nombre de este arbusto, como nos explica el botánico Ginés González en esa biblia verde que fue la primera edición de su maravillosa obrita "La guía Incafo de los árboles y arbustos de la Península" proviene del latín 'cotoneus' que significa membrillo por el parecido de sus hojas sobre todo en el envés y el sufijo '-aster', similar, parecido a.
Olvidé decir que no es una planta nativa sino que procede del Asia y más concretamente de China, de la provincia de Yunán, y llegó a Europa en 1913. Celebremos esta planta foránea y acojámosla en nuestros jardines.
Detalle de las hojas y frutos agrupados en infrutescencias
Una característica que define a un arbusto es la ramificación temprana desde la base
Envés tomentoso que recuerda a otra rosácea:el albaricoquero
Intensa fructificación de este arbusto en el parque de Arriaga

domingo, 17 de noviembre de 2013

La redención de los locos

La profusión en el empleo de especies ornamentales de árboles procedentes de lugares y climas diversos, prácticamente de todos los lugares del planeta decoran aún más si cabe el otoño.Son el resultado de los gustos y preferencias botánicas de los propietarios de estas ciudades jardín, en cuyas parcelas se adivinan montones de plantas diferentes de texturas variadas y desiguales. Interpreto en esta fotografía el producto de la cultura contemporánea de ciertos estratos sociales, apegados en muchos casos a las modas o corrientes preponderantes. Ahora es el turno de lo exclusivo, de la apetencia por la exclusividad también en el empleo de especies exóticas.Todo ello desentraña un paisaje multicolor y casi paranoide. En contraste, las adustas coníferas—cedro y abeto— plantadas mucho tiempo atrás por sus dimensiones tremendas ofrecen el contrapunto junto con el cielo gris del otoño invernizo.
Atrás quedaron los morales que asomarían por encima de los tapiales conventuales o los tilos de los manicomios por su presunta acción sedante sobre los residentes, o los magnolios de los jardines de los indianos. También en la sociedad decimonónica del XIX este paroxismo en la plantación de especies de otras latitudes también se debiera a una presuntuosa intencionalidad diferenciadora por parte de las clases altas. 
Eran especies de plantas importadas muchas de ellas desde Holanda e Inglaterra. El afán comercializador de los holandeses y la posesión de sus colonias repartidas por el Pacífico alentaron la importación de plantas desde aquellas latitudes hasta la vieja Europa.También, durante el siglo de la Ilustración, la Sociedad Bascongada fue partícipe en más de una ocasión de la traída de plantas desde la isla de Cuba para su posterior plantación en algunos lugares de la península. Causarían pues, sorpresa y admiración, también en Vitoria. Nada ha cambiado, o apenas. 
La adustez de las coníferas ofrecen el contrapunto 
Más tarde, ya en las décadas de los 70 y 80 del siglo pasado se derribarían los muros, se derrocarían las antiguas tapias que delimitarían mundos diferentes; el castrense y el civil, el religioso y el secular, el muro estamental que dilucidaba una clase social de la subsiguiente. Esta aparente demolición democratizadora, de igualación social, era eso, aparente. A la vista quedaron entonces las hortelanías y huertas, en algunos casos reconvertidas en patios patibularios — de ese otro gran patíbulo que fue la guerra civil— como lo fue el huerto trasero del Convento de los Carmelitas Descalzos, iglesia del Carmen.
Pero al otro lado de los muros se desarrollaría otro régimen de vida en torno a unas normas específicas,rígidas, tal y como fuera la sociedad apenas cuarenta años atrás. Yo imagino, cuando paseo por los antiguos jardines del antiguo hospicio de Nuestra Señora de Las Nieves, ese mundo sórdido, silencioso, inmutable por el paso de las décadas, al margen del mundo y de la ciudad soñolienta. Los árboles, muchos de ellos frutales, marcarían cada estación, único vínculo con la vida —la Naturaleza— para los alienados, enfermos y locos de entonces y quizás, con la esperanza de lo venidero y de lo redentor futurible. La profusa floración de los frutales atestiguaría la llamada cálida de la primavera, todavía fría en Vitoria, y la lógica secuenciadora de las estaciones, primavera, vera, otoño, invierno,en mitad de la incomprensibilidad de los otros,de los de este lado del muro.
"La caridad" es una vidriera instalada a modo de lucernario en el vestíbulo del actual aulario de Las Nieves construida en los talleres bordeleses de G.P Dagrant


lunes, 11 de noviembre de 2013

Los cedros alucinados

Cuando la naturaleza titubea y teje su nido para pasar el invierno, cuando ya en los preámbulos del invierno la naturaleza mece a los árboles y a la vida en general en un estado de vagancia o de inactividad, existen otros árboles que, al margen de la mayoría, en una emulación discordante e inequívocamente contraria al curso de los días de nuestros parques y jardines, toman la iniciativa y como devorados por su particular arrobo o quizás escuchando las letanías de sus congéneres del Atlas marroquí, de las cordilleras de Áures, de Yebala, de Yebel Mesker, hacen del otoño europeo una excepcional parada nupcial africana.


No creas en lo que ves
porque lo que ves es fácil
que lo estés viendo al revés

Son los cedros. Son árboles abanderados de los parques vitorianos y de tantas y tantas ciudades españolas. Quizás nuestra cercanía a Marruecos, quizás nuestra mediterraneidad posibiliten un desarrollo adecuado en nuestro país aunque ya han sido plantados en los parques y jardines de todo el mundo. Sin ir más lejos,es una especie muy plantada en Madrid y nos hacen recordar,los cedros, que nos encontramos en una ciudad a orillas del mediterráneo.
El cedro es un árbol portentoso,de buenas proporciones. Es una pinácea también, porque tiene piñas. Piñas eréctiles, en forma de tonel o de barrica. Puede alcanzar los cuarenta y cinco metros de altura y alcanzar diámetros en sus troncos de cuatro o cinco metros, en el Atlas.
Podemos identificar el género fácilmente por la disposición de sus hojas en forma de acículas, perennes,reunidas en torno a mechones o hacecillos, y que dan una apariencia de pequeños escobones. En el centro de estas rosetas podemos descubrir las yemas que darán continuidad a los ramillos.
Las flores son unisexuales. Las masculinas nacen en las ramas más bajas y las femeninas se disponen en las ramas más elevadas y, por lo tanto, mejor expuestas a la polinización.
La floración tiene lugar entre los meses de octubre y noviembre. En esta época del año y acercándonos a sus ramas podemos observar su floración sigilosa y sobria aunque siempre fascinadora.
Las flores masculinas.Observad las acículas dispuestas en haces
Una característica muy notable son sus piñas, que como escribí más arriba recuerdan a barricas de vino. Están compuestas por numerosas escamas dispuestas entorno a un eje. En cada una de estas escamas, se dispone un par de semillas o piñoncitos alados que pierden rápidamente su capacidad germinativa una vez que se enrancian. Las piñas maduran a los dos años y pronto comienzan a desarticularse, en especial en los días húmedos, permaneciendo el eje desnudo y todavía visible en las ramas.
Es un árbol estéticamente muy apreciado, de gran nobleza por su tamaño pero también por sus significaciones culturales. En la juventud tienen un porte cónico que recuerda a los abetos aunque cuando maduran adquieren un porte singular y único, con su copa truncada y sus ramas largas ligeramente inclinadas hacia abajo. En ellos se establece una pugna de luces y sombras.
Piña. Se aprecian las escamas
Aún hoy existen cedrales en Marruecos y Argelia. No os los imaginéis en mitad de las dunas ni en los oasis sino en las montañas húmedas y mesetas elevadas con precipitaciones regulares repartidas a lo largo del año. Cuando no forma masas puras, aparece mezclado con nuestras encinas y sabinas ibéricas. No deja de ser emocionante como al otro lado de nuestro continente, en África, existen bosques de estos exóticos árboles compartiendo hábitat con nuestras encinas ibéricas. Quizás una confluencia de influencias dispares, quizás un pacto de intereses por la precariedad de los recursos que obliga a la convivencia en el mismo hábitat a ambas especies.

Escama con engrosamiento en su parte externa
Cedros en el parque de Arriaga en el otoño
























miércoles, 6 de noviembre de 2013

Una crónica de la esperanza

Los cerros de Esquibel y Gomecha 
(Este texto es un esbozo aproximativo a la vegetación de la llanada alavesa. Lo escribí reuniendo unos pocos conocimientos, más o menos acertados, pero sinceros y sin ínfulas de alguna clase. Nada más lejos que acercar, en la medida de lo posible, los árboles a las personas porque son una metáfora de nosotros mismos. Viéndolos, admirándolos, se establecen una serie de lazos inexplicables. Existe un lenguaje hecho de signos, sí, pero que trasciende su significado más allá de lo meramente simbólico. La ciencia podrá buscar explicaciones y respuestas a tantos enigmas aún por desentrañar pero temo que no podrá explicar ni reducir a una mera fórmula matemática, la relación,si es que es eso lo que se establece,entre los hombres y los árboles. En todo caso es una crónica de una esperanza. Y viene a apoyar una visita que realicé junto con un grupo de mayores jubilosos y deseosos de aprender, y de vivir.)


Los antecedentes del parque de Armentia se remontan allá por el año de 1974 cuando la Diputación Foral de Álava realizó las primeras repoblaciones forestales con especies exóticas provenientes, en su mayoría, de Norteamérica. Tuvieron un doble objetivo; por un lado ensayar diferentes especies aún no empleadas en otras explotaciones forestales de la provincia y por otro, la creación de un parque botánico. Cabe de paso, sugerir un paseo por este espacio ubicado en la finca Las Ruines, junto al arroyo de Requera, en uno de los extremos del parque. La variedad de especies y la alternancia de frondosas y coníferas exóticas realza su valor paisajístico fácilmente observable en el otoño desde el cerro de Esquibel.
Posteriormente, ya en 1997, la Diputación firma un convenio con el Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz para su gestión. Y un año más tarde, es declarado parque del anillo verde. Consta de 165 hectáreas y compite por su extensión con el parque de Salburua, aunque no le alcanza.
El quejigal de Armentia desde el cerro de Esquibel, en el otoño de 2013
Debemos recordar que la llanada de Álava se sitúa en esa banda climática intermedia entre el clima oceánico y el clima mediterráneo; dos mundos opuestos pero que se dan la mano en nuestra provincia. Esta especial situación es aprovechada para el asentamiento del roble quejigo (Quercus faginea), protagonista no solo del robledal de Armentia sino de otros robledales ubicados en las laderas y cerros de nuestra provincia. Recordemos los quejigales de Cerio, de Araca, de Ariñez, de Júndiz… Una cualidad relevante de este árbol es que sus ramas mantienen las hojas secas durante todo el invierno y no las tiran hasta la primavera siguiente. Quizá por una cuestión de economía, quizá por servir de protección y escudo a las yemas venideras. El roble quejigo se asienta en las laderas medias de los montes; rehúye de las nieblas pertinaces, casi constantes, de las altitudes más altas, reino de los hayas. Por otro lado, este roble escapa también a los niveles inferiores, es decir, a los llanos, donde los suelos son más arcillosos y susceptibles de encharcamientos. Es entonces cuando otro roble, el roble albar (Quercus robur) acomete la oportunidad  y se instala feliz. No renuncia sin embargo tampoco a nuestro clima submediterráneo porque a las condiciones del suelo antes enunciadas, arcillosos y ricos en nutrientes minerales, se le unen las nieblas tan típicas de las jornadas anticiclónicas que suplen o atenúan la sequedad estival. Robles albares podemos observar en la dehesa de Olárizu donde aún se mantienen restos de los robledales que ocuparon gran parte de la llanada. Son lo que se denomina bosques-isla y que en cierta manera lo es también el bosque de Armentia.
En resumen tenemos los tres pisos de vegetación que corresponden a cada una de las especies ya repasadas.
En las alturas, el hayedo. Inmediatamente después el quejigal. Y por último, en los fondos de cubeta de la llanada, el robledal de roble albar.
Hoy en día, la situación ha cambiado bastante. Los nuevos usos del suelo han demolido casi en su totalidad la vegetación y no es ni de asomo la que fuera hace décadas atrás. La vegetación es dinámica y cambiante y se adapta a las nuevas circunstancias.
Pero la especial ubicación del quejigal, a media ladera, le ha salvado en parte de los estragos del tiempo, y del hombre. No solo ha escapado de la construcción de las múltiples infraestructuras humanas (autovías, aeropuerto de Foronda, las nuevos barrios de Zabalgana y Salburua…). Su capacidad para rebrotar de cepa debido a su peculiar sistema radicular, somero y cercano al suelo, le permitió emitir renuevos  y así pudo resistir mejor los embates de la modernidad. Sin embargo sucumbió inexorablemente a los incendios tan devastadores, al pastoreo intensivo y a la talas diezmadoras que arruinaron en parte los quejigales. Tanto es así que en muchos pueblos el quejigo era conocido como “chaparro” o “roble ruin”. Hoy, gracias a un conocimiento creciente y a la creación de reservas naturales como el parque de Armentia, podemos visibilizar  una de las muestras de lo que en origen fueron estos bosques de las laderas de nuestra Álava.

(Estos son los beneficios del bosque de Armentia. Interviene en la regulación del ciclo del agua reduciendo las escorrentías porque aumenta la infiltración del agua en el suelo. También atemperan la temperatura ambiental. Se calcula que en el interior del quejigal la temperatura es 5ºC inferior en el verano. Y por último mejora la calidad del aire que respiramos.
Cuidemos estos valores naturales pero también estos testimonios culturales  escritos en los árboles)












viernes, 1 de noviembre de 2013

Espinos de fuego

Fructificación de un espino de fuego en una isleta de Mendizabala, hábitat  habitual de este arbusto
El espino de fuego es un arbusto muy utilizado ya desde hace tiempo en muchos jardines de Vitoria y de otras ciudades. Su rusticidad y su resistencia a la contaminación del tráfico le han servido para constituirse en uno de los arbustos más saludados. Su porte irregular, sus frutos rojos o anaranjados, muy apretados entre sí, sucumben sin embargo a la poda dada su utilización para setos por su condición de arbusto espinoso. Sus espinas dispuestas a lo largo de sus tallos lo hacen idóneo para esta condición, por lo que constituyen bastiones inexpugnables e inviolentables para proteger huertas o jardines particulares. Es un arbusto que apenas alcanza la altura de un hombre, le gustan los emplazamientos soleados y todo tipo de suelos, siempre que estén bien drenados. Sus hojas son de forma obovada, con el margen ligeramente aserrado e incluso entero en algunos especímenes. Las hojas tienen además apariencia lustrosa, brillante. Sus flores blancas se hallan agrupadas en racimos corimbiformes y destacan en primavera. Pero su interés ornamental estriba en su fructificación abundante en forma de pomos globosos, del tamaño de un guisante y que se mantienen incluso en el invierno. Como dice el botánico Ginés González "llenan con su colorido el gran bache invernal de los jardines".
Es una especie de ámbito mediterráneo, desde Italia se extiende hasta los Balcanes y Grecia. En España se considera autoctóna una pequeña población que se cría en la Garrocha, en Girona.
No pasa además desapercibida para los automovilistas porque tiene una predilección por instalarse -naturalizada-en los márgenes y cunetas de las carreteras no solo próximas a Vitoria, sino de otros muchos lugares.


Ramilla rematada en una espina (espina caulinar) y detalle de sus hojas