viernes, 1 de noviembre de 2013

Espinos de fuego

Fructificación de un espino de fuego en una isleta de Mendizabala, hábitat  habitual de este arbusto
El espino de fuego es un arbusto muy utilizado ya desde hace tiempo en muchos jardines de Vitoria y de otras ciudades. Su rusticidad y su resistencia a la contaminación del tráfico le han servido para constituirse en uno de los arbustos más saludados. Su porte irregular, sus frutos rojos o anaranjados, muy apretados entre sí, sucumben sin embargo a la poda dada su utilización para setos por su condición de arbusto espinoso. Sus espinas dispuestas a lo largo de sus tallos lo hacen idóneo para esta condición, por lo que constituyen bastiones inexpugnables e inviolentables para proteger huertas o jardines particulares. Es un arbusto que apenas alcanza la altura de un hombre, le gustan los emplazamientos soleados y todo tipo de suelos, siempre que estén bien drenados. Sus hojas son de forma obovada, con el margen ligeramente aserrado e incluso entero en algunos especímenes. Las hojas tienen además apariencia lustrosa, brillante. Sus flores blancas se hallan agrupadas en racimos corimbiformes y destacan en primavera. Pero su interés ornamental estriba en su fructificación abundante en forma de pomos globosos, del tamaño de un guisante y que se mantienen incluso en el invierno. Como dice el botánico Ginés González "llenan con su colorido el gran bache invernal de los jardines".
Es una especie de ámbito mediterráneo, desde Italia se extiende hasta los Balcanes y Grecia. En España se considera autoctóna una pequeña población que se cría en la Garrocha, en Girona.
No pasa además desapercibida para los automovilistas porque tiene una predilección por instalarse -naturalizada-en los márgenes y cunetas de las carreteras no solo próximas a Vitoria, sino de otros muchos lugares.


Ramilla rematada en una espina (espina caulinar) y detalle de sus hojas

lunes, 28 de octubre de 2013

El jardín de Zulueta: Notas de algunas especies de plantas (I)



El jardín de Zulueta es un jardín discreto un poco oculto a los paseantes del paseo vitoriano de la Senda, “el salón”, por el que también se le conocía. Escribo una cita de un vitoriano de entonces, de familia conocidísima en #Vitoria, los Fournier, que dice: "En la Senda, bajo los corpulentos plátanos, se congregaba el señorío, algo apartado del pueblo, formando corros y tertulias y fisgoneando a los novios incipientes".
 Era un lugar propicio para el descanso.
Esta casa perteneció, como digo, a Julián Zulueta y Amondo que emigró a América, más concretamente a Cuba, y tornó rico, a Vitoria. Recibió el título de Marqués de Álava.
En La Habana poseyó grandes extensiones dedicadas al cultivo de la caña de azúcar. Fue un personaje rodeado de mucha controversia dado que se dedicó al comercio de esclavos, transportándolos en grandes barcos desde Cabinda, en la orilla septentrional de Congo.
Las escaleras que arrancan del vestíbulo principal.Al fondo bellas vidrieras con los escudos de la familia.

Los jardines en torno a las viviendas se popularizaron a comienzos del siglo XIX en Inglaterra sobre todo con la construcción de viviendas adosadas para las clases populares. La irrupción no solo de una clase proletaria numerosísima en torno a las ciudades industrializadas sino también de una cuantiosa burguesía que demandaba viviendas enmarcadas en un espacio más natural y humano lo hicieron posible. 
Todos quisieron tener su jardín aunque con percepciones diferentes.
Estos jardines también se popularizaron en Vitoria porque para las clases adineradas contar con elegantes viviendas con un jardín representaba la constatación de un ciertos estatus social. Y económico.
Este jardín del palacio de Zulueta es de estilo romántico o inglés, al contrario que los jardines racionalistas de origen francés. El estilo romántico, del que el vecino parque de la Florida es copartícipe en cierta forma se caracteriza por el predominio de la vegetación sobre el paisaje, de la línea curva sobre la línea recta, del exotismo orientalizante sobre las formas clásicas. ¿Cómo lograr este conjunto, cómo armonizar estas exigencias ayudándose de la vegetación así como del resto de elementos arquitectónicos? Pues en primer lugar partamos de la concepción de la naturaleza para un espíritu romántico, algo atormentado. En primer lugar la naturaleza la concibe como una fuente inagotable de energía que se difunde de manera arrolladora e irracional. Todos los elementos están contenidos de manera aleatoria, sin un orden prefigurado. Todo en la naturaleza obedece a una irracionalidad que incluye al individuo. El individuo se ve pues mediatizado por las fuerzas naturales, el agua, el viento, el aire, el fuego. Las simetrías desaparecen,todo se halla distribuido de una manera antojadiza y caótica imitando a la naturaleza. Para ello juegan un elemento importante los elementos no solo vegetales que integran el conjunto sino también los elementos arquitectónicos u ornamentales. No faltan las fuentes, las cascadas, las pérgolas, los templetes, los estanques. No es raro también que inmersos en un jardín percibamos aunque de manera somera otra época histórica–la Edad Media– nos sintamos transportados a otro marco geográfico —lejano oriente–. Los caminos que lo recorren, al igual que otros jardines del mismo estilo, son sendas sinuosas que de la misma manera que proporcionan una sensación de mayor extensión, invitan al paseante a la sorpresa o a la incertidumbre dado que desconoce qué hay a cada revuelta del camino. En estos jardines este caso es palpable. Además las puertas que dan entrada al palacio se hallan en los extremos, rehusando una entrada principal. Gracias a esta particular ubicación, si accedemos por una de ellas nos encontramos con un bosquete formado por tilos y castaños de Indias y tras unos pasos nos topamos repentinamente con la escalinata de acceso al edificio. Sorpresa e intriga una vez más. Aludí al bosquete. El romanticismo se inspiró mucho en ellos. El bosque como elemento vegetal simboliza, en mi opinión, el entronque de la sensualidad y lo meramente sensorial del Romanticismo con la realidad física que lo sustenta, lo significa, lo vivifica: la tierra.El jardín se convierte así en una sucesión de escenarios e incluso de ambientes cambiantes que se vertebran; el camino recoge la idea de la pusilanimidad del ser humano y  de su vulnerabilidad ante el dramatismo e imprevisibilidad de la naturaleza. Es además la fuente inagotable  de inspiración creativa. Esta idea complementa la idea que de la naturaleza tiene el Romanticismo y que ya comenté más arriba.
Imaginad una noche de invierno. El viento frío, las ramas desnudas y al través de ellas , la luna brilla como un disco de platino.
Los jardines románticos se pusieron de moda a lo largo del siglo XIX con las clases más acomodadas, y también con el retorno de los indianos que retornaron de las antiguas colonias españolas en América, Cuba, Puerto Rico…
Eran una realidad palmaria de su poder económico, de estar también a la moda. No es de extrañar que el espíritu veleidoso de estas gentes convirtiera a sus jardines en escaparates a la vista de los demás o en simples demostraciones de poder y riqueza…

miércoles, 23 de octubre de 2013

Ramón J.Sender y yo

Ramón J.Sender representó para mí otro modo de enfrentarme a la literatura. Si la literatura es ese panorama vasto, enorme, repleto de palabras, imágenes, ideas y reflexiones que prefiguran el modo de entender, no solo la literatura, sino el mundo del que escribe, Ramón J.Sender concursaba de otra manera muy diferente a cómo lo habían hecho los escritores anteriores, mis escritores. Yo ya había probado a los del 98, en buena medida a los precursores de alguna manera, de aquella pléyade de artistas que compartieron época, estética, y temática. Azorín fue el primero de ellos. Luego vino Baroja y después el resto, Valle-Inclán, Maeztu,Unamuno…
Tras este período de lecturas noventayochistas, me remonté a la literatura de posguerra, y conocí mucho a Delibes, Cela, Sánchez Ferlosio. Pero Ramón J.Sender me costó. Algunas de sus novelas me resultaron fáciles, pero otras, la mayoría, se me presentaban ciertamente algo desconcertantes por su densidad narradora en algunos casos, por su complejidad en el tratamiento de la sicología de los personajes y por la cantidad de metáforas, imágenes, y variedad de estilos y formas.
Ramón J.Sender nació en Chalamera de Cinca, un pueblecito de Huesca en 1901 y murió en San Diego, California, en 1982. Tuvo un padre muy autoritario y muy pronto se escapó a Madrid, sin los estudios que iniciaría años más tarde. Fue siempre admirador de personajes algo revolucionarios. Más tarde, en 1923 fue soldado en Marruecos y su estancia en Melilla le hizo recoger noticias de primera mano acerca del desastre de Annual. Gracias a ello escribió dos novelas interesantes “Una hoguera en la noche” e “Imán” esta última escrita después de la guerra en 1930. Es un relato estremecedor, escrito con un gran realismo y veracidad. Se enmarca dentro de una corriente antiimperialista que recorrió Europa por aquellos años dentro de lo que se llamó la literatura de guerra o literatura bélica. Más tarde, escribirá dos novelas basadas en hechos tremendos que acaecieron en dos pueblos españoles y distantes entre sí: “El lugar de un hombre” (1939) y “Viaje a la aldea del crimen” (1934) basadas respectivamente en los crímenes tan luctuosos y aciagos de Cuenca y en los asesinatos por parte de la policía de un grupo de campesinos amotinados transcurrido en 1933.
Pero su novela más conocida es “Réquiem por un campesino español” que primeramente se tituló “Mosén Millán”. Ambientada en la Guerra Civil española, es una novela cruda, llena de un realismo que no cabe en el libro aunque atravesada de imágenes que la contagian de un lirismo profundo y conmovedor. Después vino “Crónica del alba”. Un resumen lleno de anécdotas, de vicisitudes de los primeros años del escritor. Un ejemplo de la emergencia del ser humano al mundo, el descubrimiento de su yo, el despliegue de sus capacidades, su evolución hacia la madurez. Una excepcional obra, extensa, pero amena. De la mano de Pepe Garcés (el autor habla mediante este personaje) nos narra su vida en los primeros años en su Huesca natal.Posteriormente, ya en “ El mancebo y los héroes” transcurrirá en Zaragoza para luego, en “La onza de oro” regresar al pueblo natal de sus abuelos en la montaña oscense. Este libro es una buena oportunidad además para conocer las costumbres ancestrales de los habitantes del Alto Aragón. Él, Garcés, nos narra la vida de sus abuelos y del resto de los habitantes. El campo era el marco en el que sus vidas se desenvolvían y el lugar en el que se entablaban sus luchas por su existencia. No puedo obviar la cantidad de novelas de índole histórica que Sender escribió. Cito a “Carolus Rex”, el intrigante y trágico libro “La aventura equinoccial de Lope de Aguirre” y también “Tres novelas teresianas”.

En resumen, sus novelas se pueden dividir en novelas realistas, en otras que son más bien oníricas, entroncadas con el surrealismo, “El verdugo afable”, “El rey y la reina”. También otras de índole periodística “Imán”, “Mr. Witt en el Cantón” y otras novelas de corte histórico “Carolus Rex” o “Tres novelas teresianas”. Sus años en América le llevaron a escribir novelas y relatos como "Novelas ejemplares de Cíbola" y "Epitalamio del prieto Trinidad". Como dije ya, Ramón J.Sender emigró a USA por contrariedades con el régimen advenedizo y no volvió más a España, a excepción de los últimos años de la década de 1.970 con una becaria suya y que posteriormente editó unas memorias acerca de sus días en España. Él siempre quiso volver a su país aunque su temperamento único, su independencia, no le convencieron finalmente y decidió permanecer al otro lado del Atlántico, donde finalmente murió en 1982. Leí que sus cenizas nadan en el Pacífico como una manera de asegurarse de su permanencia definitiva lejos de España, aunque él siempre confesó su profundo amor por su país. Ramón J.Sender, hasta siempre.

sábado, 19 de octubre de 2013

El quejigo

Un roble quejigo en el alto de Armentia, en la atardecida.
Estoy preparando un nuevo paseo con el centro de mayores del barrio de San Cristóbal en Vitoria-Gasteiz para conocer juntos algunas particularidades del bosque de Armentia, un parque forestal y recreativo que reúne 160 hectáreas de pura naturaleza. En él reside además el bosque primigenio y original que cubrió gran parte de la llanada alavesa. Es el roble quejigo su protagonista, este árbol mitad roble mitad encina tan propio del clima subcantábrico. Atávicamente, desde muy antiguo, fue empleado por el hombre para la obtención de leña y carbón, así que no es sorprendente encontrar árboles trasmochos, que recuerdan a las figuras de unos candelabros. Sus troncos recios, grises, cubiertos de diversas especies de líquenes sustentan sus ramas que antaño fueron amputadas pero que cicatrizaron y dieron una silueta especial a estos árboles. Es un parque desde un punto de vista florístico muy interesante.Alberga a una infinidad de especies de plantas que los acompañan y completan su séquito. No olvido a los mostajos, a los enebros, a las morrioneras, a los endrinos. En cuanto a aquellas plantitas más proclives al pisoteo del excursionista puedo recordar a la pulmonaria, al aro, al iris. También cumple su función recreativa. Existen montones de mesas para poder aprovecharlas y extensas campas en las que poder disfrutar de un día especial, lejos del mundanal ruido, de los claxones, de los estrépitos de la ciudad. ¿Y su papel protector? Nada desdeñable, por cierto, dado que este bosque salvaguarda el suelo protegiéndolo de las escorrentías y de la erosión dado el particular sistema radicular de este árbol.
Un árbol noble.Sí, ciertamente un árbol que ha llegada hasta nuestros días jadeante, exhausto, aunque con los suficientes arrestos como para continuar librando su lucha por su existencia y su supervivencia. Y es que este árbol, noble y tenaz, es un heroico vegetal que prevalece aún entre nosotros. Ha sido vilipendiado, explotado, arrinconado por las exigencias de la vida moderna, por los otros usos del hombre moderno que demanda nuevos espacios, cada vez más, para el mantenimiento de la industria, de los servicios, de las viviendas.
El quejigo, rebollo o gacico también en Álava es un roble de mediana estatura. Aislado crece a sus anchas, conforma una copa extensa, que da una sombra poca densa sin embargo. La corteza es grisácea, presentando ramificaciones en ocasiones desde la base en ejemplares agrupados, lo que origina un sotobosque denso.Las yemas son pequeñas, 3-5 mm. Las hojas son marcescentes, muy variables en tamaño y forma, obovadas o elípticas generalmente, margen dentado o lobulado incluso. Presentan un tomento al nacer pero desaparece rápidamente aunque lo conservan en el envés de la hoja. En Álava se sitúa en los cerros, en las laderas de los montes, allá donde aún a los hayas les resulta imposible sobrevivir por la ausencia de nieblas pero también donde el roble albar, más exigente en cuánto a humedad edáfica, no encuentra la suficiente, alojándose éste en las cunetas y zonas encharcables de la llanada central, es decir lugares como Olárizu, Aberásturi, Lubiano, Gobeo.
El gacico prefiere entonces los suelos calizos, con cierta sequía estival,aunque prefiere lluvias constantes a lo largo de todo el período anual.
Un roble noble.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Arrimándome al arrabal

Pronto el estío nos dirá adiós. Pero el adiós del verano es la arribada del otoño, de esa multitud de acontecimientos que de una manera u otra pergeñan la estación melancólica, de tránsito, de mudanza a esa otra estación subsiguiente que es el invierno precario, insólito cuando sabe disfrazarse de blanco, de gris, entreverado de blancuras, atravesado por un ruido inexistente, o un silencio prístino acompañado del cielo azulenco si las nubes descorren el lienzo azul.
(Es de noche. En la chimenea arden ya crepitantes las maderas, aún húmedas, y subrepticiamente arden. La estancia dibuja las sombras de los objetos; un velón, una botella de vino, una jaula con su perdiz dentro.Un sotillo de álamos temblones asoma por encima de la ventana y la luna brilla como un disco de plata.)
Esta escena, que parece sacada de una obra dramática y que prefigura una escena en la que los personajes visten ataviados a la antigua; la mujer con pañuelo a la cabeza y faldas largas con faldriquera y el hombre, con un sombrero segoviano, camisa blanca con chaleco y pantalón gris algo raído con calzas. Los dos se miran en una penumbra consoladora. El fuego de la chimenea brilla en sus ojos tristes porque las cosas no han marchado como ellos anhelaban. El campo de Castilla impone su criterio, claudica torciendo las voluntades del hombre.


Las palomas cimarronas apeonan en las rastrojeras de Olárizu

Pero abandonemos la estancia descrita, algo lúgubre, y tornemos a una escena que prefigura el otoño. Es de ayer. Un bando de palomas (Columba livia var.domestica) apeonaba los rastrojos, los campos desnudos. Revolaban los campos de aquí para allá, sobrevolando las heredades, buscando los granos de trigo o de cebada diseminados en la tierra. Era un bando nutrido,denso y abigarrado por la diversidad de colores y tonalidades de los miembros que lo componían. La forma típica es la paloma azul; plumaje gris azulado con el obispillo de color blanco, dos barras negras dibujadas en cada ala, sobre el pico tienen una cera blanca muy característica. Aunque debido a los cruzamientos con otras razas existen jaspeadas de negro, de blanco…En las ciudades son muy típicas y abundantes. Son de hábitos gregarios y sus parejas crían durante todo el año. Su voz es el arrullo en el que el macho galantea con ardor y contumacia a la hembra, inflamando el buche, arrollándola y atosigándola sin desmayo. Es una imagen que se repite anualmente en el otoño, después de cada cosecha. Las palomas, en el amanecer vuelan a los arrabales de Vitoria, se alimentan allí durante la jornada y, en la atardecida, regresan a los tejados y oquedades de los edificios urbanos para descansar. Tienen un vuelo eficacísimo, veloz, elástico.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Teresa la de Jesús y los corteses

Me levanté pronto, como casi todos los días. Pensé que el trabajo introduciría algún cambio novedoso en mi régimen horario pero veo que no. Así que tomé una ducha, me cepillé los dientes, salí a la calle. Tomé el coche y me dirigí a un rastro en el que se puede encontrar prácticamente de todo: peluches, sobrecamas, juguetes, discos, jaulas...y libros. He aquí mi sorpresa cuando nada más entrar en el local veo un libro de la editorial  SM que llevaba ya unas semanas buscando. Lo había encontrado previamente en una página de artículos de segunda mano en internet, pero allí estaba, con la portada mirándome y como diciendo "aquí estoy, aquí me encuentro, esperando que leas la historia que yo guardo en mis páginas". Departí un rato con el responsable del establecimiento. Era un chaval atento, con una expresión algo risueña en su rostro. Y casualmente, él también había estudiado en los Marianistas de Vitoria. Así que libro, el que esto escribe y aquel que os comento, concurrimos inevitablemente en un espacio común: lo marianista. Reprodujimos recuerdos y anécdotas, profesores y alumnos, metodologías y protocolos a pesar de los años que nos separaban de nuestras respectivas promociones. Algunos profesores ya no estaban, ni siquiera fuera del colegio ya, ni en esta vida. Otros los habían sustituido en sus enseñanzas impartiendo sus lecciones quién sabe si con metodologías más novedosas, innovadoras. Todo cambia y todo evoluciona. Sin embargo, hay algo que no parerce haber mudado: los alumnos y exalumnos de marianistas tenemos un sesgo especial que se trasluce en el modo de pensar, en el modo de expresarse; compartimos unos valores, una ideología típica, no me refiero a la ideología "per se" sino a un modo de conducirse que nos vincula inevitablemente. Años de estudios, de compartir profesores y vivencias, que de un modo u otro, han reproducido patrones similares en nuestras conciencias, en nuestros modos de pensar y quizá, también, en las maneras de vivir al margen de las inclinaciones políticas o de los valores de cada cual. Supongo que ahí estriba la libertad de pensamiento; rasgo unívoco de una educación crítica, algo de lo que yo creo que se ha intentado trasladar a mi vida de estudiante en el colegio. Yo desde aquí, desde este blog sencillo, nada atípico, convencional y sin ínfulas de nada extraordinario, quiero recordar con gratitud a Miguel Ángel Cortés, religioso marianista y hoy, con un puesto de mucha responsabilidad en la familia marianista. Quiero recordar su preparación y sobre todo su dimensión humana, su devoción religiosa, su discreción y su entrega al trabajo como profesor. Impartía la asignatura de Religión, y oficiaba, en la capilla del colegio, las eucaristías entre otros sacerdotes. Creo que era una persona con una moral y unas creencias muy arraigadas, sólidamente cristianas. Creo que era alguien muy preparado, escrupuloso en sus quehaceres, y su capacidad de comprensión le llevaba a mirar alto.
Teresa, la de Jesús, de Cortés
Disculpad mi tan larga digresión, vuelvo al libro en cuestión, que espera con ansiedad y desasosiego que yo lo cite, que le ponga nombre y rostro.Se intitula "Teresa, la de Jesús", del viñetista y colaborador de la editorial José Luis Cortés y cuyas ilustraciones resultarán familiares a todo aquel que estudió en los "marias".

jueves, 5 de septiembre de 2013

Treinta y cinco días

Torno nuevamente al desempeño de almacenero, a esta labor que no es ni oficio ni profesión, es más bien una tarea o un trabajo para el que no se requiere una titulación específica ni cualidades especialmente exigibles. Solamente la pericia en el manejo de la carretilla que la proporciona la experiencia y el esmero y la atención que a uno le vienen dados por motivos biológicos o educacionales. Así que cambió mi régimen biológico atemperado por el cambio de las circunstancias o por un cambio en el ritmo normal de los acontecimientos que, hasta hace apenas treinta y cinco días, eran cadenciosos, suaves, sin exabruptos. Los días pasaban acordes a mi estado de ánimo, y al revés. Casi como si los latidos del corazón que dan corporeidad a cada momento marcharan al compás del paso de los minutos, de las horas...Casi como si mis pensamientos dirigieran los días, o como si mis estados de ánimo coordinaran el aspecto del cielo en cada momento. Entonces si la tristeza me embargaba, cubríase el cielo de nubes; si la alegría regocijadora llegaba de no sé qué rincón de mi alma, las nubes descorrían la cortina azul ; el alma era el timón que yo manejaba y cuya dirección marcaba el pronóstico del tiempo para los días siguientes. Cuánta felicidad, cuánta dicha anticiparme al tiempo, desde la propia asunción de mi insignificancia, desde el propio asentimiento de mis incapacidades —incluso para cambiar aquello menos difícil, casarme con la lluvia o reconciliarme con los días grises con nubes también grises, desde cuyas panzas parecen precipitarse las noticias más tristes en forma de cartas de esas que ya nadie escribe. Así que me sentía como alguien en mitad del mar, a bordo de un bajel, dirigiéndolo y, empatando los días alegres y los días tristes.